Nos hacemos mayores, y muchos de los recuerdos de la infancia que uno tiene se difuminan con cada cana que aparece en nuestra cabeza. Pues bien, entre esos vagos recuerdos me viene uno a la mente, y no es de nada en concreto, sino de alguien. Ese alguien despertó la curiosidad en mi joven cerebro sobre una asignatura que, hasta la fecha, no era de mis preferidas (si quitamos Gimnasia, como todos). A esa persona la llamaremos “Profesor” y la asignatura en cuestión eran matemáticas.
Que decir de esas clases con “Profesor” con esas matemáticas tan peculiares, eran las de siempre pero de una forma diferente. ¿Diferente?... Sí, básicamente, la forma en la que se expresaba, la paciencia enseñándolas, y la facilidad en transmitirlas hizo que la asignatura en sí destacase entre todas las demás, priorizando su aprendizaje. Todo esto me motivó para ser profesor. Y es que como reflexión final, lo que al final cuenta no es tanto la capacidad de lo que los alumnos hayan sido capaces de aprender o no, sino conseguir que al final del curso tus alumnos sientan curiosidad por la asignatura, ganas de aprenderla y lo más importante, que sean felices y no terminen por odiar las matemáticas.


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