A lo largo de mi
infancia y adolescencia tuve un buen número de profesores/as y he de reconocer
que no los recuerdo a todos/as. Hay algunos/as que pasaron sin pena ni gloria
para mí, no dejaron esa huella que se supone que deben dejar, eso que hace que
seas un buen/a profesor/a. Sin embargo, si hubo otros/as que marcaron para
siempre el devenir de mi vida, ya fuera para bien o para mal.
Recuerdo a una
especialmente que, durante el periodo mas delicado para un adolescente, me
marcó para mal, o al menos yo pensaba en un principio que fue para mal. Decidió
que no servía para nada y por tanto no se esforzó en ningún momento en que
mejorara ni me motivó para que me superara. No fue la única, muchos de sus
compañeros me dieron por perdido, aunque no todos, ya que siempre hay algún
profesor que tiene esperanzas y no deja que te rindas. Fue, tanto por uno como
por la otra, que una vez superada la etapa escolar decidiera que quería llegar
lo más alto posible en mis estudios, que tenía que demostrarles a todos/as que
no era mal estudiante, tan solo un chaval perdido en una mala época y mal
acompañado por los que se supone que tienen que encaminarte para sacar lo mejor
de ti.
Es por ello que, una
vez que he conseguido mis objetivos a nivel de estudios, he elegido el Máster
universitario en profesorado de secundaria, ya que me gustaría ayudar a los/as
adolescentes a que puedan sacar lo mejor de sí, que sientan que pueden
conseguir aquello que se proponen, que no están solos/as y estar en esa etapa
en la que necesitan mas ayuda para no rendirse y sentirse acompañados hacia el
futuro que ellos/as elijan.


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