De forma general puedo decir que desde que inicié mi etapa en secundaria he tenido profesores que recuerdo con gratitud y otros que me recuerdan a qué tipo de profesor no me quiero parecer. El primer profesor que me marcó y no para bien fue el de sociales de 2º de la ESO. El profesor llegaba al aula y soltaba todo su discurso de una, con una voz que no proyectaba y resultaba extremadamente difícil seguirlo, incluso para los que éramos estudiantes aplicados. La asignatura de historia me parecía auténticamente aburrida, me daba pereza estudiarla e incluso saber sobre ella, abrir el libro era un suplicio y no tenía una estructura clara de los contenidos. Por ello, terminé estudiando todos los temas de memoria, obteniendo buenos resultados académicos, pero ninguna satisfacción personal. No obstante, esto cambió radicalmente en el siguiente curso. La profesora que tuvimos en este caso, nos explicaba cualquier tema de la asignatura como una historieta amena, enfatizaba lo que era más importante y me hacía visualizar el contenido, despertando mi curiosidad, queriendo saber más y más. Supe contextualizar cada uno de los temas que estudiamos. Obtuve unos resultados académicos similares al curso anterior, pero esta vez disfrutaba estudiando la materia e incluso leía en mi tiempo libre sobre ello. A día de hoy sigo recordando algunas de sus anécdotas. Esta profesora tenía vocación y transmitía sus conocimientos de la manera que me gustaría transmitirlos a mí como futura profesora.


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