Iván Díez Moreno
“Son nuestras vivencias las que forman y dirigen nuestro futuro”.
Esta breve frase seguramente defina a muchos de los futuros profes que hoy nos encontramos cursando el Máster de Educación, pues estoy seguro de que un buen número de los aquí presentes hemos tenido “ese” profesor especial. Hizo que nos decantásemos por estudiar la carrera que hemos cursado y que deseásemos con fervor llegar a ser tan buenos docentes como él (o ella, en mi caso). Por eso mismo, esta carta es para ti, Inés.
Cuando entré al bachiller científico, bien recordarás que yo era una persona muy distinta a la que soy hoy en día. Tímido, introvertido y demasiado centrado en los estudios como para ver todas las posibilidades que podía ofrecerme el mundo que me rodeaba. Tú me ayudaste a cambiar esas cosas a través de la lengua y la literatura, materia que, pese a que siempre se me había dado bien y pese a mi gusto por la lectura, nunca me había apasionado a nivel académico (probablemente debido a docentes que eran totalmente opuestos a ti, o que sencillamente tuvieron una forma de enseñar que me fue indiferente).
Si bien siempre tuve la vocación de ser maestro desde bien pequeño, enfoqué completamente mis estudios de secundaria y bachillerato hacia las matemáticas. Sin embargo, gracias a ti empecé a plantearme otras posibilidades y la lengua y la literatura me salvaron de ser la persona que creía querer ser y me llevaron a ser la que realmente deseaba. Entrar en filología me abrió la mente en muchos sentidos (tanto personales como académicos), y eso te lo debo a ti.
Tengo la suerte de poder mantener todavía contacto contigo y ahora con tu hija Nora –de tal palo tal astilla, pues también es una profesora brillante– , por lo que todo esto ya te lo he comentado personalmente. Aun así (por si no hubiera quedado ya bastante explícito en las líneas anteriores), voy a dejarlo por escrito para que, como buen filólogo, estas palabras no se las lleve el viento: gracias.


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