dimecres, 6 d’octubre del 2021

Las matemáticas como forma de vida

Toda mi vida he estado rodeado de matemáticas. Desde el colegio me gustaron (supongo que porque se me daban bien) y cuando tuve que elegir, cursé el bachillerato científico. Entré en una ingeniería que posteriormente abandoné para matricularme en el grado en matemáticas. Me gradué, ahora amándolas de todo corazón, con la intención de hacer un doctorado (en análisis funcional para aquellos más curiosos) para lo cual cambié de universidad e hice un máster orientado a la investigación y un TFM (del que me siento muy orgulloso) con quien sería mi futuro director de tesis.

Sin embargo, algo cambió ese año y actualmente me encuentro cursando estudios en formación del profesorado de secundaria , pero para entender este cambio debemos comenzar por el principio.

Como ya he dicho, desde el colegio siempre me gustaron las matemáticas y siempre se me dieron bien, pero todo se limitaba al aula, una vez terminaban las clases las olvidaba por completo. Durante toda mi educación obligatoria nunca tuve ningún profesor que me inculcara un gusto especial por la materia, todo se limitaba a aprender la lección que tocaba, hacer algunos ejercicios típicos y vuelta a empezar. Ninguno de mis profesores era matemático, lo cual tal vez explica porque ninguno supo transmitirnos un gusto por la materia más allá de aprobarla, ya que probablemente muchos de ellos tampoco tuvieran este gusto. Recuerdo hasta una profesora que nos dijo que si queríamos aprender "matemáticas de verdad" estudiáramos física. Solo un físico podría decir algo tan errado...

Así, cuando comencé bachiller, con todas estas ideas que me habían metido en la cabeza sobre que las matemáticas solo son herramientas para hacer "calculitos", mi idea era estudiar una ingeniería y así tener un buen empleo, aunque huelga decir que no era para nada lo que más me gustaba.

El bachiller no fue muy distinto a la ESO respecto a lo que ya os he contado, un profesor del cual guardo muy buen recuerdo y un cariño especial, que supo enseñarme que no todo en el aula son los contenidos, pero no un buen profesor enseñando su materia.

Aún así, lo terminé con muy buenas notas y entré a la ingeniería que elegí y ahí todo cambió.

A pesar de que hace ya bastantes años aún recuerdo su nombre, Javier Toledo, el profesor que me hizo amar las matemáticas y estar aquí hoy en día.

Fue el mejor profesor que he tenido, explicaba de forma magistral una de las asignaturas que todo el mundo considera "la más difícil", cálculo; rebosaba pasión por lo que explicaba y te la contagiaba; era cercano, se preocupaba por los alumnos y no le importaba dedicar tiempo de su clase a otras cuestiones que se le planteaban ajenas al tema...

En gran parte él fue quien me hizo dejar la ingeniería y estudiar matemáticas que, como os habréis dado cuenta, son el amor de mi vida (si no contamos a mi pareja, con quien nada puede competir). 

Así estaba, enamorado de las matemáticas y pensando que lo único que podía hacer con ese amor era quedarme en una universidad, investigar y aportar nuevo conocimiento en aquello que más me gustaba.

Pasé mis años de universidad sin dejar de estudiar nunca, me gradué como el mejor de mi promoción, encontré un buen director de tesis y comencé un máster para ampliar mis conocimientos y acceder al doctorado. Sin embargo, ese año estuvo repleto de gente diciéndome lo duro que es el mundo de la investigación, la competitividad que hay, los sacrificios en tu vida personal... Y, tras el rechazo en varias becas doctorales a pesar de haber dado lo mejor de mi mismo (siempre hay alguien mejor que tú), empecé a replantearme las cosas.

Comenzaba a ver que mi pasión por las matemáticas, por aprenderlas, no tenía nada que ver con publicar en revistas, que esa pasión era por estudiarlas, por aprenderlas, por compartirlas y también, por enseñarlas. Pensé entonces en todos mis profesores del instituto, como sentía que ninguno había sido capaz de despertar en mi una pasión tan grande que estaba ahí, como todos se habían limitado a los libros de texto, a la enseñanza más tradicional y a reducir la matemática a hacer cuentas, cuando es un mundo apasionante en si mismo y del cual se puede aprender mucho, mucho en todos los ámbitos de la vida. Pensé en mil formas de explicarla, a distintas edades, pero siempre de forma entretenida e intentando hacer lo que en el fondo pretenden las matemáticas, hacer pensar sobre el mundo que nos rodea. Pensé en Javier Toledo y sus clases, en como me gustaría poder transmitir, aunque sea en mayor o menor medida, lo que se y la pasión que siento por ello.

Pienso que puedo aportar algo a los niños, a las futuras generaciones, y aunque sea mínimo quiero al menos intentarlo.

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