Durante la etapa del instituto, los primeros años vemos a los profesores como “los malos”. Piensas que solo te mandan deberes, que ponen exámenes difíciles o que van a pillar. “Qué rollo de insti” pensamos la gran mayoría con 12-14 años. Sin embargo, al llegar a cursos superiores, a partir de 4ºESO aproximadamente, esa mentalidad cambia. Empezamos a desarrollar una madurez que en años previos no teníamos. Nos damos cuenta de que llega Bachillerato, que esto no es aprobar y me voy a pasar un verano de escándalo, que aquí hace falta obtener buenas notas para poder elegir, al terminar la EVAU, el futuro académico que se desee. Ahora es cuando empezamos a empatizar, en parte, con los profesores y ellos con nosotros. Tenemos momentos de desmotivación, de “yo no puedo con esto”, estamos cansados de tanta presión… Y ahí es cuando el profesor te anima, confía en ti, te ayuda con más recursos si te hicieran falta. Te mira a los ojos y te dice que está orgullosa de ti, como alumna, como persona, como compañera. En este instante, te das cuenta de lo importante que han sido ellos para ti, que sin ellos no hubieras llegado hasta aquí. Que no son ogros, que puedes hablar con ellos en el momento que necesites y ellos van a estar ahí. Te van a arropar, aunque no te des cuenta, simplemente con una mirada de complicidad en clase. Todos estos gestos hacen que tu autoestima crezca, que se refuercen tus ganas de seguir adelante.
Yo he tenido muchos de estos profesores y profesoras, y como comento, me di cuenta de que los necesitaba ya entrando a los 15 años. Me apoyé en ellos y no me fallaron. Gracias a ellos reforcé mi confianza en mí misma y en mis capacidades. Les di las gracias en su momento, por haber confiado en mi y por haber podido yo confiar en ellos. Si no fuera por ellos, yo hoy no estaría aquí escribiendo estas palabras. Ojalá algún día dejar huella en algún alumno como ellos me la dejaron a mí.


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