Mi profesora preferida: María Bernabeu (Lengua y Literatura Castellanas, 3º y 4º ESO)
Mi profesora preferida de Lengua Castellana y Literatura fue María Bernabeu. Con mi clase la tuvimos los cursos de 3º y 4º de la ESO en el colegio concertado San Roque, de Alcoy. Lo primero que aprendí de ella fue su amor, su pasión, por los clásicos literarios (me aproximé a El Cantar de mio Cid, El Lazarillo de Tormes), sin olvidar su actitud disciplinaria, también. Pero sobre todo a María le debo mi absoluta devoción por la análisis morfosintáctico. Convertido casi en una especie de obsesión en el día a día –analizando las frases/oraciones de mis amigos incluso durante horas de charla en un bar- o incluso mis propios pensamientos, conseguí darle salida dando clases particulares. Claro, hice como mi profesora; transmitir mi pasión a los alumnos que tuve. No todos fueron igual de receptivos que yo. Pero recuerdo la última, que también se llamaba María, que pasó de sacar casi ‘ceros pelaos’ a Notable. Como anécdota, sus padres me dijeron que me iban a montar una tienda de campaña en el salón de su comedor con tal de que no abandonara las clases particulares a María. Por cierto, esta alumna, adolescente de 1º de Bachillerato, buscaba clases de Latín. ¿Sabéis a quién le recomendé? A mi profesora preferida, la otra María, la Bernabeu.
Mi (primera) profesora preferida: mi maestra, María Amparo Doménech
Recuerdo la primera vez que la vi en clase (un día que salí del colegio más pronto y no pudo venir la niñera a por mí). Allí no respiraba nadie. Quién me iba a decir que mi madre tenía ese carácter, imponía ese respeto entre casi cuarenta adolescentes, más alborotados que nada. En casa, tanto ella como mi padre fueron siempre muy exigentes con los estudios míos y de mi hermana (venían de una saga de maestros, mi abuelo y abuela maternos, mi tía…) pero ver a mi madre en acción fue sorprendente, y casi, a la vez, halagador. Todo el mundo hablaba maravillas de ella, fuera del aula, a pesar de su semblante y actitud estrictas. Se llevaban siempre el trabajo a casa, a la hora de comer, de cenar… Vivían mucho su profesión, su vocación, en ocasiones, demasiado. De ellos, de mi madre especialmente, aprendí la capacidad organizativa a la hora de gestionar el tiempo y de realizar tareas. Con ayuda de los dos desarrollé una pasión por el hábito del estudio, de lo que fuera. Ser buena en todo y tener a tus padres en el mismo centro era carne de cañón para otros alumnos, pero me seguía encantando estudiar. Mi madre fue mi primera maestra, sobre todo, porque me acercó a los idiomas. He aprendido y perfecciono el inglés y el francés, lenguas que ella conoce, mientras que mi hermana se ha decantado más por la técnica, el dibujo, la rama de mi padre. Con el tiempo me he dado cuenta de que fue una suerte para mi intelecto tener a dos maestros en la habitación de al lado.


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