Hola, José Ramón.
Espero que, con todo lo sucedido estos dos
años, estés bien y disfrutando de la jubilación. Nosotros seguimos igual,
aunque han pasado casi siete años desde que nos vimos por última vez.
Me han pedido que le mande una carta al
profesor o profesora que nos hizo la vida imposible durante alguna etapa de
nuestra carrera estudiantil o nos marcó en el sentido contrario, en el
positivo. Tranquilo, estás dentro del segundo grupo. He tenido que lidiar con
algún majadero de vez en cuando, pero nunca he sido vengativo o rencoroso.
Siempre me parece más valioso sacar a relucir lo bueno de alguien, que pocas
veces abunda, que sacar los trapos sucios de nadie.
Puede que suene un poco exagerado, pero
nos descubriste nuevos mundos que, ni por asomo, atisbábamos a imaginar.
Convertiste el transito por tus clases en el ejemplo idóneo para certificar
que, en muchas ocasiones, lo importante no es lo que se cuenta, sino cómo se
cuenta. Nos paseaste por el tambor y la cúpula de la catedral de Florencia sin
necesidad de movernos del pupitre y nos quedamos alucinados cuando descubrimos
la lucha entre las fuerzas centrípetas y centrífugas que atesora Laocoonte y
sus hijos. Conseguiste que conociéramos cada detalle de la catedral de
Santiago de Compostela a través de tus ojos, los ojos de aquel estudiante que
en los días de lluvia no tenía más remedio que cruzar el transepto del edificio
para atajar y evitar parte del chaparrón.
Por todos esos viajes y trayectos, gracias,
pero, sobre todo, gracias por enseñarnos a inculcar lo aprendido de ese modo,
ya que si no hubiese sido por profesores como tú, jamás hubiese pensado ni por
un segundo en dedicarme a la enseñanza.


Publica un comentari a l'entrada