Toda persona que ha permanecido durante años dentro del sistema educativo a mayor o menor nivel (ya sea educación secundaria, bachillerato, formación profesional o universidad), se ha podido encontrar con dos modelos de profesores claramente diferenciables y opuestos. En el primer caso, tenemos al profesor que no tenía ninguna motivación o incluso parecía desganado a la hora de dar las clases, que su única labor en clase era ceñirse a leer el libro y poco más. Siempre era un sufrimiento como alumno asistir a estas clases, así como preparar estas asignaturas, en las cuales necesitabas un esfuerzo extra para poder realmente aprender. Por otra parte, todos hemos tenido a ese profesor al que le apasionaba la enseñanza, el cual, incluso en asignaturas realmente complicadas para mucha gente, como son la rama de las ciencias, conseguía que todo el mundo estuviese atento a las clases. Se le veía ese entusiasmo explicando, usaba miles de ejemplo prácticos y aplicaciones de las teorías que explicaba, resolvía y explicaba mil veces la misma duda hasta que se aseguraba que todo el mundo lo había entendido. En resumen, podría decirse que se preocupaba de que todos y cada uno de los alumnos de la clase hubieran entendido el tema que tocaba ese día. Gracias a este segundo modelo de profesor estoy hoy aquí cursando el Máster en Educación Secundaria, para intentar aportar mi granito de arena en la enseñanza e intentar ser igual o mejor que el profesor entusiasta de la enseñanza. Esta es una profesión con una gran responsabilidad porque parte del futuro de cientos de niños está en nuestras manos.


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