divendres, 15 d’octubre del 2021

Oportunidad para ser crítica

Desde bien pequeña he sido una niña muy estudiosa y aplicada, pero sobre todo y lo que más puedo decir que me haya caracterizado en mis estudios ha sido la constancia. De los recuerdos que aún tengo grabados en mi mente y espero no perderlos porque los recuerdo con gran cariño, disfrutaba haciendo los deberes todos los días al llegar a casa, tanto que hasta incluso me encantaba que me comprasen los cuadernillos de verano. Bueno, he de decir que no me gustaban todos, porque yo creo que ya apuntaba maneras… me costaba a horrores lo relacionado con los temas de memorizar… Prefería mil veces todo lo relacionado con la práctica, la creatividad y los ejercicios manuales. 

También, he tenido la gran suerte de poder hacer las actividades extraescolares que he querido, he podido probar lo que podía, hasta el punto de sobrepasar mi tiempo de tantas actividades.

Digo todo esto porque considero relevante el recorrido en mi educación para llegar hasta donde estoy ahora mismo.  A parte de ser una “niña buena”, aplicada y constante he sido muy observadora sobre todo de los pequeños detalles (esto no es algo de lo que me diese cuenta antes, sino que he reflexionado y me he dado cuenta con el paso de los años).

Al fin y al cabo, son muchos los años los que he estado estudiando desde infantil a bachiller. No he tenido una gran variedad de profesores en esa época, pues iba a un colegio pequeño con una clase por cada curso de primaria y dos por cada curso de la ESO o Bachiller, por lo que era como una pequeña familia, lo que puede ser mejor o peor.

He tenido, creo, los suficientes profesores como para poder darme cuenta de lo que me gustaba y lo que no.

Pero hubo un día que algo cambió en mi cabeza, como si alguien le hubiese dado a un interruptor… y se hubiese encendido en mí una luz que me permitía ver más allá.

Desde pequeños normalmente se les pregunta a los niños que quieren ser de mayores y como muchos de ellos, yo también cambiaba de idea. Quería ser fisio, quería ser matrona… hasta que llegó ese día, cuando pensé… yo quiero ser profe, decía en mi interior. Ese día, la profe de matemáticas y plástica, Marian, explicaba como nunca antes lo había hecho, captaba la atención de todos y cada uno de los estudiantes, utilizaba sus propios métodos para que nos apasionásemos tanto por las matemáticas como por la expresión artística y, desde entonces, no se me quitó de la cabeza la idea de ser profesora.

Pasaban los años y me daba igual de que ser profe; de mates, de francés, de guitarra, de esquí… aunque me lo tomaba como algo a parte de lo que decía que me quería dedicar, a la arquitectura y todo esto porque me encantaba el programa de “Esta casa era una ruina”. Yo creo que en el fondo debía tener algo de entusiasmo por cambiar las cosas y por mejorarlas, por poner unir la creatividad y la enseñanza, por cambiar todo aquello que no me parecía correcto, que no me gustaba o que pensaba que podía mejorar.

A lo largo de los años he tenido profesores que me han hundido, me han desmotivado y me han quitado las ganas de todo. Hablo tanto desde alguno de primaria como muchos de la universidad. Parecía como si su único objetivo, sobre todo en la universidad, era hacerme ver que no era válida para lo que estaba haciendo. ¿Cómo puede un profesor infravalorar tanto a un alumno?, ¿no se supone que está para apoyarle y sacar lo mejor de él? Estas son algunas de las numerosas preguntas que pasaban por mi cabeza. No estaba conforme así que cada día con más ganas he querido acabar arquitectura para poder hacer lo que realmente considero como un sueño.

Por último, quiero decir que ha sido gracias a todos y cada uno de los profesores referentes, como aquellos que me desmotivaron los que me han permitido crecer, pensar de forma crítica y despertar en mí las ganas de cambiar algo mediante la enseñanza ya  que considero esta como base fundamental.

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