Desde bien pequeña he sido una niña muy estudiosa y aplicada, pero sobre todo y lo que más puedo decir que me haya caracterizado en mis estudios ha sido la constancia. De los recuerdos que aún tengo grabados en mi mente y espero no perderlos porque los recuerdo con gran cariño, disfrutaba haciendo los deberes todos los días al llegar a casa, tanto que hasta incluso me encantaba que me comprasen los cuadernillos de verano. Bueno, he de decir que no me gustaban todos, porque yo creo que ya apuntaba maneras… me costaba a horrores lo relacionado con los temas de memorizar… Prefería mil veces todo lo relacionado con la práctica, la creatividad y los ejercicios manuales.
También, he tenido la gran suerte de poder hacer las
actividades extraescolares que he querido, he podido probar lo que podía, hasta
el punto de sobrepasar mi tiempo de tantas actividades.
Digo todo esto porque considero relevante el recorrido en mi
educación para llegar hasta donde estoy ahora mismo. A parte de ser una “niña buena”, aplicada y
constante he sido muy observadora sobre todo de los pequeños detalles (esto no
es algo de lo que me diese cuenta antes, sino que he reflexionado y me he dado
cuenta con el paso de los años).
Al fin y al cabo, son muchos los años los que he estado
estudiando desde infantil a bachiller. No he tenido una gran variedad de
profesores en esa época, pues iba a un colegio pequeño con una clase por cada
curso de primaria y dos por cada curso de la ESO o Bachiller, por lo que era
como una pequeña familia, lo que puede ser mejor o peor.
He tenido, creo, los suficientes profesores como para poder
darme cuenta de lo que me gustaba y lo que no.
Pero hubo un día que algo cambió en mi cabeza, como si alguien
le hubiese dado a un interruptor… y se hubiese encendido en mí una luz que me
permitía ver más allá.
Desde pequeños normalmente se les pregunta a los niños que
quieren ser de mayores y como muchos de ellos, yo también cambiaba de idea.
Quería ser fisio, quería ser matrona… hasta que llegó ese día, cuando pensé… yo
quiero ser profe, decía en mi interior. Ese día, la profe de matemáticas y plástica,
Marian, explicaba como nunca antes lo había hecho, captaba la atención de todos
y cada uno de los estudiantes, utilizaba sus propios métodos para que nos
apasionásemos tanto por las matemáticas como por la expresión artística y,
desde entonces, no se me quitó de la cabeza la idea de ser profesora.
Pasaban los años y me daba igual de que ser profe; de mates,
de francés, de guitarra, de esquí… aunque me lo tomaba como algo a parte de lo
que decía que me quería dedicar, a la arquitectura y todo esto porque me
encantaba el programa de “Esta casa era una ruina”. Yo creo que en el fondo debía
tener algo de entusiasmo por cambiar las cosas y por mejorarlas, por poner unir
la creatividad y la enseñanza, por cambiar todo aquello que no me parecía
correcto, que no me gustaba o que pensaba que podía mejorar.
A lo largo de los años he tenido profesores que me han hundido,
me han desmotivado y me han quitado las ganas de todo. Hablo tanto desde alguno
de primaria como muchos de la universidad. Parecía como si su único objetivo,
sobre todo en la universidad, era hacerme ver que no era válida para lo que
estaba haciendo. ¿Cómo puede un profesor infravalorar tanto a un alumno?, ¿no
se supone que está para apoyarle y sacar lo mejor de él? Estas son algunas de
las numerosas preguntas que pasaban por mi cabeza. No estaba conforme así que
cada día con más ganas he querido acabar arquitectura para poder hacer lo que
realmente considero como un sueño.
Por último, quiero decir que ha sido gracias a todos y cada
uno de los profesores referentes, como aquellos que me desmotivaron los que me
han permitido crecer, pensar de forma crítica y despertar en mí las ganas de
cambiar algo mediante la enseñanza ya
que considero esta como base fundamental.


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