Todos recordamos buenos profesores, malos profesores y otros de cuyos nombres a veces nos cuesta acordarnos. Todos percibimos nuestra etapa educativa de uno u otro modo –feliz o infeliz, buena o mala- y a menudo indisociable de nuestra vida social del momento. Importante es el momento en el que una persona -un profesor por ejemplo- te revela una vocación existente o en desarrollo o, quizás e incluso, siembra una semilla que permanecerá latente todavía por un tiempo. Personalmente, nunca ningún profesor a quien preguntara me aconsejó dedicarme a la docencia, al contrario, siempre me incitaron a hacer otras cosas, otras cosas 'más serias'… Con todo, y a pesar de sus palabras, en mi etapa educativa siempre les respeté y mantuve una buena relación con ellos por lo que no me resultó difícil ponerme en sus pieles ni imaginarme en su lugar. Recuerdo con especial cariño a mi profesora de ciencias sociales, Mari Carmen Gil. Conmigo ella lo tuvo fácil: la geografía y la historia eran mis asignaturas preferidas y a mí, con ella, me tocó la lotería. Sus clases eran emocionantes. Si era lunes y tocaba sociales yo ya estaba contento. Sus lecciones eran un espectáculo: hablaba fuerte, preguntaba directamente y sin más (y porque sí) requería tu atención. Tenía la de (casi) toda el aula. Nos levantaba a la pizarra y nos contaba sus anécdotas personales. Sus exámenes no eran fáciles, pero ella sí lo fue ¿cómo lo conseguía? ¿Cómo nos hacía creer tal cosa? Pues, para empezar, tenía un carácter fuerte que fuertemente proyectaba hacia fuera de clase... a menudo hacia los fantasmas de la historia, su materia, y así nos hacía grupo. Nosotros teníamos y tuvimos entre 12 y 14 años, entonces. Sin embargo llegaron los 15, la ESO continuaba y las ciencias se postulaban como las materias importantes. El bachiller tecnológico, las notas, el selectivo, la ambición y la confusión de qué hacer y a qué dedicarse. Algunos que si ingeniería, otros que si arquitectura... La arquitectura me gustaba aun sin saber exactamente qué era. ‘Se hace camino al andar’ me dijo la orientadora del centro, ‘haz arquitectura’. Y como a veces ocurre, le hice caso y no le hice caso… Me fui a hablar con Mari Carmen. Ella me dijo que arquitectura sí pero que nada ni de historias ni de geografías, que eso no tenía salida... ¿A caso la docencia no es una salida? Pues bueno, le hice y no le hice caso, también. Y ésto no es un reproche, es un reconocimiento.


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