Cuando iba a la escuela infantil no quería hablarle a mi profesora porque “bonega molt, i crida molt”. Esas eran las palabras textuales que le decía a mi madre cuando me preguntaba por qué no hablaba con mi profe. Que una niña de 2 años diga eso de su profe en la escuela infantil es una muestra de lo mal que se pueden hacer la cosas. Al pasar al colegio, empecé a hablar con mi profesora desde el primer día; no presionar, dar confianza y proximidad me permitieron acercarme a ella y hablarle con naturalidad, y recordarla ahora como la primera profesora que me marcó y me enseñó lo bien que se pueden hacer las cosas, la complicidad que se puede crear entre profesores y alumnos.
Cuando cumplí ocho años mi padre aprobó las oposiciones de profesor de secundaria, hacía un tiempo que había decidido cambiar completamente su trabajo y dedicarse a enseñar. Le encanta dar clase, enfrentarse cada año a las dificultades que puede haber en cada grupo, y ver cómo evolucionan los alumnos con los años. Él siempre dice que se nota cuando a un profesor le gusta enseñar y cuando un profesor sufre dando clase. Y, personalmente, creo que los alumnos también lo notan. Hay profesores que son incapaces de ganarse al grupo o de empatizar con el alumnado. Y eso, los alumnos, lo notan.
Después hay otros profesores que son capaces de mostrarte la pasión que sienten por las matemáticas o por la lengua. Tenía un profesor de matemáticas en el instituto a la que se le iluminaba la cara cada vez que nos explicaba algo, se emocionaba y transmitía todo lo que sentía en cada lección. También tuve una profesora de lengua castellana muy dura, que nos mandaba muchas tareas de redacción, de lectura y de resumir textos, pero era tan buena, tan objetiva, tan justa... Esta profe de castellano me enseñó a amar la lectura, a saber sintetizar las cosas importantes y a saber expresar ideas, explicar conceptos e hilar todo en un texto con sentido, coherente. Hay profesores que marcan la diferencia, que trabajan duro, y eso lo ven el resto de profesores y los propios alumnos.
La universidad, la última etapa (o no) de la vida de un estudiante. Es curioso como en la universidad hay infinidad de profesores sin motivación, que no saben explicar, que no quieren explicar las cosas a sus alumnos, y que encima disfrutan poniéndoles las cosas difíciles. En la universidad he ido a clases y a tutorías en las que me daba miedo preguntar, porque los profesores te tachaban de tonto o te respondían con un “esto ya tendríais que saberlo, eh”, he aguantado a profesores que me decían que aquello “no era lo mío”... Creo que todos esos profesores también pueden inspirarte, inspirarte a no ser como ellos, inspirarte a no desmotivar a los alumnos, a no meterles miedo, en definitiva, inspirarte a no ser un pésimo profesor.
Por supuesto, no todos los profesores son así. Para mí, lo curiosos de la universidad es como un profesor puede hacerte aborrecer una asignatura o hacer que te encante. Durante la carrera llegué a odiar la rama de Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs), en cambio, en el máster me encontré a profesores muy abiertos, con ganas de explicar, con ganas de vernos aprender, con ganas de resolver dudas. Tal fue el cambio que sentí en los profesores, que cursé la especialidad de TICs del máster.
Todo eso es ser un buen profesor, eso es conectar con los alumnos, eso es transmitir tu pasión. Todo eso puede marcar, y marcará, la diferencia con los alumnos, sea cual sea el curso, tengan la edad que tengan.


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